El mundo de los licores es vasto y lleno de historias, y en Chile, la cultura del whisky y los destilados tiene sus propias particularidades. Desde la importación de licores artesanales como el "moonshine" estadounidense, hasta la creación de innovadoras versiones locales, la escena de las bebidas alcohólicas en Chile es dinámica y diversa.
Alambique utilizado para la producción de Moonshine.
El "Moonshine": Un Destilado con Historia y Sabor Prohibido
Conocido como "moonshine", el destilado fabricado por la empresa Ole Smokey que estuvo por décadas en EE.UU., ya está a la venta en el mercado local. Se trata de un licor artesanal y no envejecido de color claro cuya producción estuvo prohibida hasta el año 2000 en el mercado estadounidense. Cada frasco vale $26.990.
En nuestro país, Comercial CHI es la encargada de la importación y venta de Ole Smokey Moonshine. Un whiskey particular que se comercializa en frasco, por lo que se hace necesario usar una boquilla que se adapta a la tapa para servirlo en un vaso.
“Tuvimos la suerte de conocer su destilería. Está en un lugar muy parecido al sur de Chile (Gatlinburg, Tennessee) y nos recibió un tipo con barba larga prácticamente con una pistola colgando. En Estados Unidos este whiskey se puede encontrar en al menos 21 sabores distintos, algunos muy especiales como pie de manzana y margarita.
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Este destilado también se puede encontrar en el pub St. George, donde se sirve en formato “verticales“, donde vienen 5 cortitos con distintas variedades de Ole Smokey Moonshine. Axel Arriagada, bartender del lugar, destaca que “hay que acercarse a la barra para pedirlo.
El "Moonshine" Chileno: Innovación a Partir de la Cerveza Artesanal
A la vez, también se está fabricando en Chile un particular whiskey blanco que se fabrica a partir de los sobrantes de la elaboración de cervezas artesanales de diferentes bares de Santiago. El “moonshine” chileno está disponible en tres versiones: huesillo y canela, caramel honey y blanco.
Receta Fácil de Cola de Mono (Ponche Navideño Chileno)
Receta Fácil de Cola de Mono (Ponche Navideño Chileno)
Cola de Mono, bebida tradicional chilena.
El Cola de Mono: Un Clásico Chileno con Historia
El cola de Mono, una bebida alcohólica dulce y tradicional de Chile, es un ícono de las celebraciones navideñas y de Año Nuevo. Su inconfundible aroma especiado y su sabor único lo han convertido en un símbolo de la gastronomía chilena durante las festividades. La receta tradicional incluye una combinación exquisita de aguardiente, leche, azúcar, café, esencia de vainilla y especias como canela, clavo de olor y nuez moscada.
Es habitual servirlo acompañado de pan de pascua o galletas navideñas, en una mezcla que equilibra lo cálido de las especias con el dulzor y el toque amargo del café.
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Origen del Nombre: Varias Teorías
Una de las teorías más conocidas señala que el nombre proviene de las botellas de Anís del Mono, un licor español que tenía un mono de cola larga en su etiqueta. Otra versión relaciona la bebida con el expresidente Pedro Montt, apodado "el Mono Montt". Según la leyenda, durante una reunión en casa de Filomena Cortés, Montt pidió su pistola Colt al retirarse, pero al no encontrarla, se improvisó una bebida con aguardiente, azúcar y café con leche, que fue bautizada inicialmente como “Colt de Montt”.
Variaciones Modernas
Con los años, el Cola de Mono ha dejado de ser solo una receta casera y se han integrado diversas variaciones a su receta original. La variación más común es reemplazar el agua ardiente por otro destilado, generalmente pisco o gin. Existe versiones sin lactosa, variedades con infusiones frutales, sin cafeína, con leche condensada y un largo etc.
Más allá de su sabor y su historia, el Cola de Mono es una bebida que simboliza el espíritu de las fiestas: compartir, celebrar y conectar generaciones.
Allende y su Relación con las Armas y la Revolución
En un contexto político diferente, la figura de Salvador Allende también se relaciona con el tema de las armas. Allende no era enemigo a ultranza de la lucha armada. Más bien estaba convencido de que Chile era una excepción, toda vez que en el país las instituciones gubernamentales funcionaban con relativa estabilidad y una tradición democrática formal imperaba en la vida política nacional; pero reconocía la validez de la lucha armada allí donde las condiciones resultaran diferentes y tenía un vínculo muy estrecho con las fuerzas revolucionarias del continente.
Es así como llegó a ocupar una de las presidencias de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), donde estaban representados los movimientos armados de América Latina. Lo enorgullecía la idea de hacer una revolución pacífica y tenía una suerte de rivalidad fraternal con Fidel, el Che y otros líderes defensores de la lucha armada.
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Aun así, arriesgó su carrera política para salvar a los sobrevivientes de la guerrilla boliviana; acogió en Chile a los revolucionarios perseguidos de todas partes y su primera decisión como Presidente de Chile fue restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, donde era considerado uno de los grandes amigos de la Revolución y aún se le rinde un culto especial.
Toda su vida mostró con orgullo un ejemplar del libro La guerra de guerrillas, que el Che le regaló con una dedicatoria que decía: "A Salvador Allende, que por otros medios trata de hacer lo mismo".
Por otro lado, la rebelión tocó las puertas de su propia casa. Su sobrino predilecto, Andrés Pascal, evolucionó de casi seminarista a subversivo y ocupaba un puesto en la dirección del MIR. En confianza nos contaba que junto con el bichito de la revolución le apareció una polola que le ofuscó los sentidos y lo apartó definitivamente del servicio exclusivo a Dios.
Como siempre ocurre, era de los menos dispuestos a hacer concesiones políticas a su tío, por lo que Allende le regaló una pistola. Creo que era la manera de decirle, "ya que te la crees entera, entonces asume las consecuencias".
También Beatriz, Tati, la más cercana de sus hijas y militante socialista al igual que su padre, andaba por los caminos de la guerra. Médico, como él, había estudiado en la Universidad de Concepción, donde conoció a Miguel Enríquez y otros dirigentes del MIR, y en su contacto con la Organización influía también la estrecha relación personal que tenía con Andrés.
De cierta manera, se convirtió en la madrina del MIR dentro del gobierno, pero nunca contemporizó en los conflictos con su padre cuando el MIR se convirtió en una fuerza de oposición para la izquierda de la Unidad Popular.
Tati tenía una visión un poco romántica de la política y estaba muy marcada por la Revolución Cubana, incluso llegó a formar parte de la infraestructura de apoyo del Che Guevara en Bolivia y ello constituía uno de sus principales orgullos. Junto con la Paya, a quien Tati adoraba, empujaba las acciones más radicales dentro del gobierno.
Fue a ellas dos a quienes Allende envió a Cuba apenas asumió la Presidencia, con el fin de arreglar el restablecimiento de relaciones, y desde sus funciones en la Secretaría de la Presidencia, Tati cumplía un importante papel como enlace con las fuerzas revolucionarias del continente.
Entre hija y padre existía una relación cómplice y, aunque a veces podía ser contradictoria, dado el énfasis radical en el pensamiento de Tati, primaban en ella un respeto, un cariño y una amistad con su padre que no dejaban espacio a las indisciplinas.
Sus gustos refinados lo alejaban de la cultura popular con la que tenía que enfrentarse a cada paso en sus campañas políticas. Por razones de seguridad, pero también para evitarle malos ratos, en un maletín Samsonite negro que parecía "bolsillo de payaso" cargábamos agua, hielo, whisky e incluso, en ocasiones, empanadas rellenas con lechuga, porque rechazaba la cebolla. Al escolta encargado de llevar la misteriosa valija le decíamos "el edecán whiskero".
Claudio Crespo: Un Ex-Carabinero en el Centro de la Polémica
Claudio Crespo está casado, es padre de un hijo y tiene una empresa de seguridad. Abre la primera gaveta a su derecha. Después del silencio, la pistola. La extrae del cajón. Marca Taurus, mango de roble oscurecido, cargador dentro.
Su entrada la Escuela de Oficiales de Carabineros fue insospechado: el antecesor de sus hermanos ingresó a la institución uniformada y él, más por arrastre que por determinación, le siguió ese mismo año.
El exuniformado piensa a menudo en la muerte. En las que vivió, observó, escuchó. Aunque dice que, después, se le hizo normal.
Crespo -como subcomisario en Malleco, en la Región de La Araucanía- estaba lejos y desprevenido. -Lo que más me generaba miedo era la muerte de mi mamá. Le tenía un terror inmenso. Y cuando murió para mí fue catastrófico. Estuve con licencia psiquiátrica. La muerte de su madre, cuenta, también mató algo de esperanza en él.
Iniciado octubre de 2019, él y su familia salieron del país por vacaciones. Desde Nueva York, poco y nada supo de las evasiones del Metro que antecedieron a las manifestaciones nacionales. Volvió a servicio el 18 de octubre. Así, fue destinado al epicentro de las protestas. La institución, por su parte, estaba orgullosa de su comportamiento.
Sobre Crespo y la revuelta de 2019 se puede decir mucho: que la vivió, dice, como una “guerrilla urbana” y obra del “demonio”, que asegura que la querella del Caso Gatica “es para la risa”, que las pocas veces que dormía soñaba que tiraba granadas y que en las protestas no fue distinto: según registros de Carabineros, Crespo descargó 170 perdigones y 43 tiros con la carabina lanza lacrimógenas el día de la agresión a Gustavo Gatica.
Mientras tanto, “vivo la vida de otra forma”. Juega Nintendo con su hijo, despotrica por redes sociales contra las “ratas” de izquierda, comparte con su esposa, visita excolegas presos por violaciones a los derechos humanos -como a Patricio Maturana, condenado por mutilar con una escopeta lanza lacrimógenas a la ahora senadora Fabiola Campillai durante el estallido- y, a ratos, se permite la ira de pensarse en un mundo de enemigos y persecuciones.
Por eso, trae consigo la pistola embutida al cinturón. En el auto, en el trabajo, en el lugar que pueda.