El 21 de marzo se celebra el Día Internacional del Vermut, una bebida que fue creada en Italia hace más de 200 años y que actualmente se destaca por sus múltiples facetas en la coctelería. El vermut es un vino fortificado y macerado en hierbas, principalmente ajenjo, sumado a los aromas de raíces, flores, frutas y diversas especias que le dan un sabor y aroma muy especial.
Su color se caracteriza normalmente por ser anaranjado o marrón, ya que suelen hacer tintes con caramelo. Sin embargo, existen diferentes variedades según la zona donde se fabrique. A pesar de que las versiones rojas y blancas son las más reconocidas, de ellas nacen otras menos comunes: la rosada y el seco, por ejemplo.
Variedades de Vermut
Uno de los vermut dulces más conocidos es el rojo, que se caracteriza por un color de caramelo fundido con reflejos ámbar. Su aroma presenta notas balsámicas, anisadas y a hierbas de alta montaña.
En su versión blanca, la elaboración se basa en infusiones naturales de plantas aromáticas que se añaden a una base de vino blanco joven. En este caso, se puede probar el Myrrha Vermut Blanco por su intensa entrada picante que envuelve la nariz con una mezcla de tonos florales, cítricos y anisados.
El vermut seco suele llevar, además del vino blanco, genciana, cilantro y salvia. Tiene un sabor áspero, ligeramente picante y es el más amargo de todos.
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Vermut en la Coctelería
El vermut es un producto esencial para preparar ciertos cócteles desde tu casa. Aquí te dejamos algunas ideas:
- Negroni: En un vaso corto agregar hielo y colocar el gin, vermut y campari en las cantidades indicadas.
- Vermut con tónica: En una copa, agregar hielo, el vermut y completar con el agua tónica.
- Martini: En un vaso mezclador, agregar hielo, el gin y el vermut y revolver ligeramente por unos segundos.
Noilly Prat y el Dry Martini
Básicamente, el dry-martini se compone de ginebra y de unas gotas de vermut, preferentemente «Noilly-Prat». Los buenos catadores que toman el dry-martini muy seco, incluso han llegado a decir que basta con dejar que un rayo de sol pase a través de una botella de «Noilly-Prat» antes de dar en la copa de ginebra.
Hubo una época en la que en Norteamérica se decía que un buen dry-martini debe parecerse a la concepción de la Virgen. Efectivamente, ya se sabe que, según santo Tomás de Aquino, el poder generador del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen «como un rayo de sol atraviesa un cristal, sin romperlo». Pues el «Noilly-Prat», lo mismo. Pero a mí me parece una exageración.
Otra recomendación; el hielo debe ser muy duro, para que no suelte agua. Permítaseme dar mi fórmula personal, fruto de larga experiencia, con la que siempre obtengo un éxito bastante halagüeño. Pongo en la nevera todo lo necesario, copas, ginebra y coctelera, la víspera del día en que espero invitados. Al día siguiente, cuando llegan los amigos, saco todo lo que necesito. Primeramente, sobre el hielo bien duro echo unas gotas de «Noilly-Prat» y media cucharadita de café, de angostura, lo agito bien y tiro el líquido, conservando únicamente el hielo que ha quedado, levemente perfumado por los dos ingredientes. Sobre ese hielo vierto la ginebra pura, agito y sirvo.
En Nueva York, durante los años cuarenta, el director del Museo de Arte Moderno me enseñó una versión ligeramente distinta, con pernod en lugar de angostura. Me pareció una herejía.
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Father and Son comenzó como un homenaje familiar, pero ahora es un emprendimiento chileno que se suma a la nueva tendencia Ready To Drink. F&S nació hace casi cuatro años con la intención de instaurar el Vermú (vino macerado en hierbas) en la retina de los chilenos. “Quisimos lanzar este producto ya que este formato ha ido en aumento en la industria nacional, por lo qué vimos una gran oportunidad de conquistar más paladares con nuestro vermú.
Si bien el dry-martini es mi favorito, yo soy el modesto inventor de un cóctel llamado «Buñueloni». Ese cóctel lo tomo preferentemente por la noche, antes de sentarme a cenar. También en este caso, la presencia de la ginebra, que domina en cantidad sobre los otros dos ingredientes, es un buen estímulo para la imaginación. ¿Por qué? No lo sé.
Como seguramente habrán comprendido ya, yo no soy un alcohólico. Desde luego, toda mi vida ha habido veces en las que he bebido hasta caerme; pero casi siempre se trata de un ritual delicado que no te lleva a la auténtica borrachera, sino a una especie de beatitud, de tranquilo bienestar, acaso semejante al efecto de una droga ligera.
Si alguien me preguntara si alguna vez en toda mi vida he conocido el infortunio de carecer de alguna de mis bebidas, le diría que no recuerdo que eso me haya ocurrido. Por ejemplo, viví cinco meses en los Estados Unidos en 1930, durante la época de la Ley Seca y, que yo recuerde, nunca había bebido tanto.
Tenía en Los Ángeles un amigo traficante -lo recuerdo muy bien, le faltaban tres dedos de una mano- que me enseñó a distinguir la ginebra verdadera de la falsificada. También se encontraba whisky en las farmacias, con receta, y en determinados restaurantes se servía vino en tazas de café. En Nueva York, yo conocía un buen speak-easy («hablen bajo»). La Ley Seca fue realmente una de las ideas más absurdas del siglo.
Bien es verdad que, en aquella época, los norteamericanos se emborrachaban como unas cubas. Tenía también debilidad por los aperitivos franceses, el picón-cervezagranadina, por ejemplo (la bebida predilecta del pintor Tanguy) y, sobre todo, el mandarín-curaçao-cerveza, que en seguida se me subía a la cabeza, más aprisa que el dry-martini.
Desgraciadamente, estos admirables combinados están en trance de desaparecer. Estamos asistiendo a una espantosa decadencia del aperitivo, triste signo de los tiempos. Por supuesto, de vez en cuando también bebo vodka con el caviar y aquavit con el salmón ahumado.
Me gustan los aguardientes mexicanos, la tequila y el mezcal; pero éstos no son sino sucedáneos. Por lo que respecta al whisky, nunca me interesó.
Un día, en uno de esos artículos médicos que vienen en las revistas francesas -Marie-France, si mal no recuerdo-, leí que la ginebra es un excelente calmante y un antídoto eficaz contra la angustia producida por los viajes aéreos. Decidí comprobar inmediatamente la veracidad de esta afirmación. El avión siempre me había dado miedo, un miedo constante e irreprimible.
Si uno de los pilotos pasaba por nuestro lado con cara seria, pensaba. «Se acabó, estamos perdidos. Se lo leo en la cara.» Si, por el contrario, pasaba sonriendo amablemente, me decía: «La cosa debe de estar muy mal. Quiere tranquilizarnos.»
Todos mis temores desaparecieron como por arte de magia el día en que decidí seguir los consejos de Marie-France. En cada viaje, tomé la costumbre de prepararme una bota de ginebra, que envolvía en papel de periódico para que no se calentara.
En 1978, en Madrid, cuando desesperaba de poder continuar el rodaje de Ese oscuro objeto del deseo, a consecuencia de un mal entendido con una actriz, y Serge Silberman, el productor, estaba decidido a suspender la película, lo cual suponía una pérdida considerable, estábamos una noche los dos en un bar, bastante alicaídos, cuando, de repente -aunque, eso sí, después del segundo dry-martini- se me ocurrió la idea de hacer interpretar un mismo papel por dos actrices, algo que nunca se había hecho.
En Nueva York, en los años cuarenta, cuando era muy amigo de Juan Negrín, hijo del que fuera presidente de Gobierno de la República, y de su esposa, la actriz Rosita Díaz, entre los tres tuvimos la idea de poner un bar que se llamaría «El Cañonazo» y que sería escandalosamente caro, el más caro del mundo.
Sería un bar íntimo, muy confortable, de un gusto sublime, por supuesto, con una decena de mesas a lo sumo. Este proyecto, atractivo pero poco democrático, no llegó a ser puesto en práctica. Ahí queda la idea.
Resulta interesante imaginar al modesto empleado de la casa de al lado que se despierta a las cuatro de la madrugada al oír el cañonazo y le dice a su mujer: «¡Otro sinvergüenza que se ha gastado mil dólares!
Imposible beber sin fumar. Yo empecé a fumar a los dieciséis años y aún no lo he dejado. Desde luego, pocas veces he fumado más de veinte cigarrillos al día. ¿Qué he fumado? De todo. Tabaco negro español. El tabaco, que casa admirablemente con el alcohol (si el alcohol es la reina, el tabaco es el rey), es un amable compañero con el que afrontar todos los acontecimientos de una vida. Es el amigo de los buenos y de los malos momentos. Se enciende un cigarrillo para celebrar una alegría y para ahogar una pena.
El tabaco es un placer de todos los sentidos: de la vista (es bonito ver bajo el papel de plata los cigarrillos blancos, alineados como para la revista), del olfato, del tacto…
Si me vendaran los ojos y me pusieran entre los labios un cigarrillo encendido, me negaría a fumar.
Un hombre llamado Dorronsoro, ingeniero español de origen vasco y republicano, exiliado en México al que conocía desde la Universidad, murió de un cáncer de los llamados «de fumador». Fui a verle al hospital en México. Fumó hasta las últimas horas de su vida, fiel al placer que le estaba matando.
Por tanto, respetables lectores, para terminar estas consideraciones sobre el alcohol y el tabaco, padres de firmes amistades y de fecundos ensueños, me permitiré darles un doble consejo: no beban ni fumen. Es malo para la salud.
Añadiré que el alcohol y el tabaco acompañan muy gratamente al acto del amor. Por regla general, el alcohol viene antes, y el tabaco, después.
No esperen de mí extraordinarias confidencias eróticas.
Deseo, por supuesto, que era fruto de largos siglos de un catolicismo emasculador.
La prohibición de toda relación sexual extramatrimonial (y aún gracias si se toleran las otras), la exclusión de toda imagen y toda palabra que, aun de lejos, pudiera relacionarse con el acto del amor, todo ello contribuía a robustecer extraordinariamente el deseo.
Cuando, a despecho de todas las prohibiciones, este deseo podía ser satisfecho, el placer físico era incomparable, pues siempre se asociaba a él ese goce secreto del pecado.
En España, cuando yo era joven, salvo raras excepciones, no se conocían más que dos posibilidades de hacer el amor: el burdel y el matrimonio.
Cuando, en 1925, llegué por primera vez a Francia, me parecía extraordinario y hasta de mal gusto que un hombre y una mujer se besaran en la calle.
También me asombraba que un chico y una chica pudieran vivir juntos sin estar casados. Era algo inaudito.
Desde aquellos tiempos lejanos han ocurrido muchas cosas.
De modo particular durante los últimos años, he comprobado la progresiva y, finalmente, total desaparición de mi instinto sexual, incluso en sueños.
Me alegro, pues me parece haberme liberado de un tirano.
Libre de las perversiones que acechan a los viejos impotentes, recuerdo con serenidad y sin nostalgia a las putas madrileñas, los burdeles parisienses y las taxis girls de Nueva York.
Dejando aparte algunos cuadros plásticos, de París, creo que no he visto en toda mi vida más que una sola película pornográfica, deliciosamente titulada Soeur Vaseline.
Aún me parece estar viendo las medias negras de algodón de la monja, unas medias que terminaban por encima de la rodilla.
Jean Mauclair, de Studio 28, me regaló la película, pero la he perdido.