La historia de Viña von Siebenthal es la de un sueño hecho realidad, un testimonio de pasión por el vino y un profundo respeto por el terroir. Fundada en 1998 por Mauro von Siebenthal, un abogado suizo, esta viña boutique se ha destacado por su enfoque en la producción de vinos premium que reflejan la esencia del Valle de Aconcagua en Chile.
El Comienzo de un Sueño
Todo comenzó hace más de dos décadas, cuando Mauro von Siebenthal, oriundo de Suiza y de profesión abogado, llegó a Chile de vacaciones y para visitar a un amigo. Quedó tan impresionado con la belleza del Valle de Aconcagua que decidió comprar la Parcela 7 en Panquehue.
“Llegué en diciembre de 1997 y estuve en el Valle de Aconcagua que se me apareció como es de verdad: con ese contraste entre las montañas ocres, secas, y el fondo de valle con ese verde potente gracias al agua del río”, recuerda Mauro.
Durante años, como coleccionista y aficionado al vino, Mauro había imaginado un lugar donde desarrollar su propia viña. "Era como un sueño que uno tiene pendiente", confiesa. Finalmente, llegó a la conclusión de que Chile era el lugar ideal para desarrollar su proyecto y compró diez hectáreas en Panquehue.
Siempre estuvo basado en la búsqueda del terroir, entre el hombre y el lugar. Yo no pensaba en categoría o líneas de vinos, sino en sacar de la tierra una expresión para poner en una botella. Y ojalá, apuntarle al terroir, porque no hay milagros para transformar algo que no es.
Lea también: Características del Blazer Rojo Vino
Un Camino Difícil Pero Gratificante
Emprender un proyecto vitivinícola no es tarea fácil. "Ha sido un camino muy duro porque el objetivo era muy alto, que implicaba mucho trabajo y tiempo", explica Mauro. Más allá de la poesía, es un proyecto que tiene que sustentarse económicamente en un largo camino que hay que recorrer. Plantar una viña, construir una bodega y hacer vinos con cierto perfil es un trayecto muy, muy largo. En términos económicos es desgastante.
Viña von Siebenthal fue fundada en 1998. Ese mismo año Mauro plantó las primeras 10 hectáreas de viñedo y en el 2000 construyó la bodega con un diseño típico de casa de campo chilena.
En mi opinión emprender es una de las actividades humanas más fascinantes. Se trata de crear algo nuevo o de transformar y mejorar algo que ya existe. No hay emprendimiento sin riesgos y todos requieren esfuerzos y a veces incluso «sufrimiento». Dentro de nuestro rubro, todos tenemos claro que emprender un proyecto vitivinícola no es un hobby ni un paseo del día domingo. Y para Viña von Siebenthal, los primeros diez años han sido como subir al monte Aconcagua a pata pelada, en una noche de tormenta y con la perspectiva no solo de no hacer cumbre, sino que de terminar en un barranco o por lo menos quedarse congelado. Sería demasiado frustrante evidenciar los problemas típicos de un proyecto pequeño, pero ambicioso respecto a la calidad del producto final. La paradoja es que si te gustan los desafíos, producir vinos es tu palestra ideal. Especialmente en una pyme hay que estar presente en todos los procesos. En el campo, en la vinificación, en el marketing -donde puedo contar con la ayuda de mi hijo Matteo-. Pero hay una cosa que es la más emocionante: Plantar una parra, cuidarla y verla crecer hasta producir los primeros racimos.
Mauro von Siebenthal, oriundo de Suiza y de profesión abogado ha dedicado su vida al trabajo desde siempre. Durante 25 años ha compartido un estudio jurídico con dos socios y ha dictado clases de Derecho Constitucional en un Liceo Económico.
Hace una década dejó atrás Locarno, la bella ciudad suiza que mira al Lago Mayor y a la frontera italiana, y también abandonó su práctica del derecho.
Lea también: Moscato y calorías: ¿Qué debes saber?
El Terroir como Prioridad
Desde el principio, la filosofía de Viña von Siebenthal se ha centrado en el terroir. "Siempre estuvo basado en la búsqueda del terroir, entre el hombre y el lugar", explica Mauro. "Yo no pensaba en categoría o líneas de vinos, sino en sacar de la tierra una expresión para poner en una botella. Y ojalá, apuntarle al terroir, porque no hay milagros para transformar algo que no es".
El lema de la viña es "cómo no arruinar lo que la naturaleza te entrega; cómo subrayar lo que la naturaleza te da". Esa es nuestra pega.
Viña von Siebenthal se define como "viña boutique", donde la demanda por sus productos supera ampliamente la oferta de los mismos. "Por eso puedo cobrar el precio que cobro", confidencia Mauro von Siebenthal.
El rendimiento por hectárea es bajo -un promedio de 7,5 toneladas de uva por hectárea-; todo se hace a mano, sin máquinas; las barricas son francesas y los corchos de Portugal. En insumos como las botellas se elige lo mejor, sin beneficiarse de las economías de escala. "Una botella corriente cuesta $ 100, pero la de Tatay, unos $ 1.000", detalla.
La viña produce al año 150.000 botellas a un precio promedio de US$ 10 valor FOB. Todo eso en dos paños que suman 25 hectáreas -en 1999 compró 15 hectáreas adicionales al doble del precio de las primeras-, todas en Panquehue. Von Siebenthal sólo produce vinos tintos -syrah, carménere, cabernet sauvignon, principalmente- y no aspira ni a diversificarse a blancos ni a ampliar demasiado la producción.
Lea también: Asado para Celebraciones
El Valle de Aconcagua, ubicado a unos 100 kilómetros al norte de Santiago, es conocido por su clima mediterráneo seco y sus suelos pedregosos, ideales para el cultivo de la vid. La combinación de estos factores, junto con la pasión y el cuidado de Mauro von Siebenthal y su equipo, da como resultado vinos de gran calidad y carácter.
Chile tiene una posición sólida en el panorama mundial del vino. Somos tierra de parra, de uva, de vino. Tenemos una tradición vitivinícola que llegó con los conquistadores españoles y hasta hoy su desarrollo no se ha detenido, llegando a ocupar los puestos más altos de producción y exportación enológica debido al crecimiento de la industria del vino. A Chile, en gran parte, se le reconoce por este tema, por su vino de excelencia.
Según datos del Servicio Agrícola Ganadero, la producción de vinos total de 2010 alcanzó los 884 millones de litros y, según cifras de la Asociación de Vinos de Chile, entre el período de enero a septiembre se han exportado cerca de 35 millones de cajas de vino embotellado. Sumas que hablan por sí solas.
Sin embargo, la demanda externa por vinos de carácter más original y la disposición de enólogos y productores a probar, crear y experimentar cepas sin limitaciones, han estimulado la generación de viñas pequeñas para concebir vinos propios, de autor.
Buscando el desarrollo y consolidación de esta tendencia en Chile se creó MOVI, Movimiento de Viñateros Independientes, agrupación que busca apoyar la elaboración propia y mostrar al mundo una interpretación de la tierra y el viñedo auténtico.
Nació en febrero de 2009 con el enólogo Felipe García, cuando él y un grupo de doce amigos se encontraban haciendo vinos personales, con identidad y lejos de la industria. "Nos juntamos gente que vibramos con la naturaleza y nuestra vida es el vino", dice Felipe.
Hoy, la agrupación suma 20 socios provenientes de distintos ámbitos. Desde un fotógrafo y un cineasta, hasta un geólogo escocés y un conde italiano se han unido bajo una sola razón: su amor por el vino.
Para ser un MOVI existen sólo dos condiciones: tener un vino presente en el mercado y que su creador haya estado involucrado en todo el proceso de elaboración, es decir, plantación, cosecha de uvas, vinificación, guarda, envasado, etiquetado y venta del vino. "Vivo el concepto del vino como una obra de arte y lo creo a partir de mis gustos y sueños. Es por esto que llevan nuestros apellidos", cuenta Felipe García, quien trabaja junto a su señora, Constanza Schwaderer, en su marca Bravado Wines.
Si uno ve el relato de las grandes viñas verá cambios importantes en sus enfoques y grupos como MOVI también son responsables de esos cambios, han empujado la búsqueda de lugares inexplorados y formas de hacer vino totalmente atípicas para la escena chilena. Son más que bien merecidos, aunque lleguen con diez años de atraso.
Si lo vemos desde el punto de vista del consumidor, hay que ordenar un poco el equipo. Me refiero al enfoque de una viña en una región. Sí, obviamente, eso ayudaría. Pero el problema es cuando una viña quiere jugar en todas las Denominaciones de Origen. Se puede hacer, pero para el consumidor final es más confuso. También hay que ser más rigurosos en la fiscalización del tipo de uvas con que se hace el vino, para que uva no vinífera termine dentro del vino. El problema no es que sean grandes, sino que determinen el mercado. Y ese es el gran drama de Chile porque la viña grande va a los mercados que puedan absorber volúmenes grandes. Por ejemplo, tenemos un nivel de producción de botellas muy similar al de Burdeos, pero allá hay por lo menos tres mil productores pequeños que buscan sus mercados. Es un tema complejo. Es muy difícil imaginar que una viña grande puede compartir un problema común con alguien que produce tres mil botellas.
Especialmente en los primeros años, los reconocimientos nacionales e internacionales han sido fundamentales para «alimentar el alma», como lo ha sido el apoyo de muchos amigos y clientes.
El consumidor nacional o internacional es el centro de mi preocupación. Como productor de vinos premium estoy consciente de las altas expectativas de mis clientes. Nuestra tarea no es solo no decepcionarles, sino que ofrecer un producto que sepa superar aquellas expectativas.
San Valentino: Un Carmenere con Historia
San Valentino es el nombre del renovado Carmenere de Viña von Siebenthal, que nace en Panquehue, en el Valle de Aconcagua, Chile. Este cambio se hace a partir de la cosecha 2019 y el fin es poder resaltar la cepa, luego de años de trabajarla y entenderla, por lo que se trata de un monovarietal.
Esta variedad necesita de otoños prolongados y secos para lograr una óptima maduración de la uva, una condición que se da muy bien en este terroir, y es justamente eso lo que quiere evidenciar esta viña.
“El Carmenere se ve genial en los blend, pero nos preguntamos ‘¿Cómo se ve sola esa cepa?’ Y uno nota inmediatamente la diferencia. Carmenere San Valentino 2019 es delicado, redondo y con una fruta muy presente y una barrica muy bien integrada, lo que da como resultado un vino de cuerpo medio y fresco. Esas características lo hacen muy versátil, por lo que puede estar presente desde el aperitivo, con un picoteo, hasta la mesa, donde puede ser un gran compañero de pastas y carnes.
Carmenere San Valentino es un vino sabroso, redondo y muy versátil. Perfecto para aperitivo con un picoteo, y también en maridaje con pastas y todo tipo de carnes en general.
Si se preguntan el por qué de su nombre, todo radica en el amor y el vino ligado a la mitología griega y romana. Fauno era el dios ancestral de los campos, los bosques, los rebaños y de la fertilidad en la antigua Roma. Mitológicamente también se le llamaba Luperco y, en su honor, el 15 de febrero se celebraban las Lupercalias, fiestas paganas donde no faltaban el vino y los excesos. Debido a que muchas veces estas celebraciones se excedían, en el siglo VI el Papa Gelasio la transformó en una fiesta cristiana y más recatada, y la renombró como San Valentino.
El Fauno que Viña von Siebenthal tiene en su bodega es el protagonista de otro relato histórico que también inspira a su Carmenere. Su origen se remonta a una excavación en el siglo XIX en la ciudad de Pompeya, Italia, la cual desapareció por la erupción del volcán Vesuvio, en la periferia de Nápoles. De las cenizas surgió un bronce de 71 cm de alto de origen griego: un magnífico Fauno que adornaba la pileta de una mansión, que desde entonces se llamó Villa del Fauno. Nadie lo podía creer.
| Vino | Premio/Reconocimiento | Puntuación/Detalle |
|---|---|---|
| Tatay de Cristóbal | Robert Parker | 97 puntos (el más alto obtenido por una casa chilena) |
| Toknar | Wine Advocate | 95 puntos (el petit verdot mejor evaluado del mundo) |
| Montelig | Concurso Mundial de Vinos de Bruselas | Medalla de Oro |
Ese vino fue calificado por el "gurú" del rubro, Robert Parker, con 97 puntos, el más alto obtenido por una casa chilena, puntuación que comparte con Carmín de Peumo, de Concha y Toro, y Viñedo Chadwick, de Viña Errázuriz. "Fue un reconocimiento muy importante, porque significa que el país puede hacer vinos sobresalientes a nivel mundial", explica.
Toknar "es el petit verdot mejor evaluado del mundo", que recibió 95 puntos en el Wine Advocate. Su Montelig -mezcla de español y picunche, que significa "aire de la montaña"- obtuvo la Medalla de Oro en el Concurso Mundial de Vinos de Bruselas y se ha vendido en el más famoso restaurante del orbe, El Bulli, de Ferrán Adriá.
Pese a que este vino se lanzará recién en octubre, ya está todo vendido. "Los distribuidores pidieron de inmediato botellas, pero no teníamos para todos, así que repartimos, 40 para allá, otras 30 para acá...", cuenta. Ya prepara la versión 2009 de Tatay de Cristóbal, pero con una producción mayor, "en todo caso, de menos de tres mil botellas".
Es el único vino de Chile que se valoriza sobre US$ 200 en el extranjero.
Algunos trabajan en familia, otros apuntan a una idea más orgánica. También están los que dejaron su país natal y profesión en razón de aplicar en Chile conocimientos traídos de afuera. En el fondo, sólo el terroir los mueve.
Es el caso de George Manson, creador, hace diez años, de un viñedo en el valle de Choapa que fundó con conocimientos traídos de su experiencia en Francia. "Las viñas independientes son unas de las caras de la producción vitivinícola en cualquier país", explica.
Otro ejemplo es el conde italiano Francesco Marone Cinzano, dueño en Italia de la bodega Col D'Orcia, quien en 1997 dio origen en Chile a la viña Caliboro en el valle del Maule. "Fabricamos un vino premium que llega a 30 países, con plantas de selección", explica.
Por otro lado, el fotógrafo chileno Julio Donoso, de Montsecano; el canadiense Derek Mossman, de Garage Wine, y el viñatero Andrés Costa, de Rukumilla, apuestan por lo orgánico y biodinámico.
El primero lo hace con Pinot Noir en el valle de Casablanca, el segundo sólo trabaja con botellas recicladas, y el tercero, reúne a la familia en el valle de Maipo durante cosechas y vendimias, casi a modo de celebración.
Su amigo Irineo Nicora, un pintor suizo avecindado en Chile, le enviaba de tanto en tanto a su natal Locarno, en Suiza, pinturas y fotografías del centro de nuestro país, y en una de ellas vio un inmenso valle con vides en un costado. Mauro von Siebenthal era un exitoso abogado en Suiza, experto en derecho comercial y asesorías tributarias, que desde los 17 años amaba el vino. Era también un enólogo autodidacta que frisaba los 40 años y quería que su "sogno nel cassetto" de tener una viña se materializara de una vez por todas. Pero no cualquiera. Quería hacer vinos "maravillosos" y partir de la nada. Primero pensó en Francia; muy cara. Después en Australia; muy lejos. Y luego en Chile y Argentina. En eso estaba cuando vio la foto de su amigo. Se vino raudo. Finalizaba 1997.
En el país recorrió el valle de Aconcagua hasta que se topó con un páramo. Nueve hectáreas de espino, media de choclos y unas escasas parras. "Me decidí en 15 minutos", cuenta. "Me decían '¿por qué compra esa cosa?', pero yo sabía que de allí se podía hacer un buen merlot, un cabernet franc sublime. Firmé la promesa de compra-venta en enero de 1998 y regresé a Suiza a buscar el dinero", rememora Von Siebenthal, quien convenció a cuatro amigos, tres de ellos abogados como él, de invertir en un lugar que ni siquiera conocían. El predio en cuestión costó US$ 10.000 la hectárea y de ahí sale hoy el vino más caro de Chile: Tatay de Cristóbal, de Viña Von Siebenthal.
Hasta ahora, Von Siebenthal tenía "doble pega", porque para hacer su sueño realidad tuvo que mantener por estos 11 años su trabajo en Locarno, viajando a Chile cuatro o cinco veces al año, en épocas clave en el proceso productivo de la viña y realizando la venta desde Suiza.
A partir del 1° de octubre me radico en Chile, para dedicarme totalmente a la viña. Voy a pasar de presidente a gerente general, se ríe. Quien hoy administra la viña es nada menos que su amigo pintor Ireneo Nicora, que tras una década postergando su trabajo artístico, vuelve a los pinceles.
En enero de 1998 viajé por primera vez a Chile y llegué al Valle del Aconcagua. Quedé impresionado por la belleza del lugar que es una síntesis perfecta del paisaje chileno: Majestuosa cordillera, fértiles llanuras y fragante oleaje del Pacifico.
No, excepto que hay abogados que son grandes consumidores y coleccionistas de vinos.