¿Buscas una bebida divertida y deliciosa para tu próxima fiesta? El chupito líquido rosa es una opción vibrante y fácil de preparar. A continuación, te presentamos una receta sencilla para que sorprendas a tus invitados.
Ingredientes
- Vodka (50 ml)
- Zumo de arándanos (30 ml)
- Licor de melocotón (20 ml)
- Granadina (10 ml)
- Hielo
- Rodaja de limón o cereza para decorar
Instrucciones
- En una coctelera, combina el vodka, el zumo de arándanos y el licor de melocotón.
- Añade hielo a la coctelera.
- Agita vigorosamente durante unos 15-20 segundos.
- Cuela la mezcla en un vaso de chupito.
- Vierte lentamente la granadina para que se asiente en el fondo del vaso, creando un efecto de color rosa degradado.
- Decora con una rodaja de limón o una cereza.
- ¡Sirve y disfruta!
Consejo: Para un chupito más refrescante, enfría previamente la coctelera y los vasos en el congelador.
Un refrescante chupito rosa.
El Hotel Winslow: Un Refugio en Nueva York
El Hotel Winslow es un edificio lúgubre y negro de dieciséis plantas, probablemente el más negro de la avenida Madison. El letrero que recorre de arriba abajo la fachada dice «WINSL W», se cayó la letra O. ¿Cuándo? A lo mejor hace cincuenta años.
Toda la decimosexta planta está ocupada por celdas, por otra parte igual que muchas otras plantas. Cuando conozco a alguien y menciono el lugar donde vivo, me mira con respeto.
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En el tiempo que llevo viviendo aquí, dos ancianas se han tirado por la ventana: una de ellas, francesa según me dijeron, aún conservaba vestigios de belleza en el rostro, la encontraba siempre paseando sin consuelo por el pasillo, y se lanzó desde la decimocuarta planta al patio, al pozo. Aparte de estas dos víctimas, hace muy poco que el Señor se llevó a la dueña, mejor dicho, a la madre del dueño, un enorme judío elefantino con gorro oriental al que conocí no sé cuándo en una fiesta en casa de mi amiga americana Roseanne.
Desde mi ventana se ve el Hotel St. Regis-Sheraton. Envidio ese hotel, e inconscientemente sueño con mudarme allí si me hago rico.
En el hotel se trata a los rusos como a los negros antes de la abolición de la esclavitud. Se nos cambia la ropa de cama con menos frecuencia que a los americanos, y en todo el tiempo que llevo viviendo aquí no han limpiado ni una sola vez la alfombra de nuestra planta, que está horriblemente sucia y polvorienta; a veces el viejo grafómano americano de la habitación de enfrente, ese que no para de aporrear la máquina de escribir, sale en calzoncillos, coge la escoba y, a modo de gimnasia matutina, barre la alfombra con energía. A mí me dan ganas de decirle que no lo haga porque lo único que consigue es levantar el polvo en el aire y la moqueta sigue igual de sucia, pero me sabe mal privarle de sus ejercicios físicos. A veces, cuando me emborracho, me parece que el americano es un agente del FBI puesto allí con la misión de seguirme.
La gerente del hotel, Ms. Rogoff, una arpía con gafas y apellido polaco-ruso que en algún momento me aceptó en el hotel bajo la protección de Edik Brutt, no me soporta. Y para qué mierda necesitaba yo la protección de nadie si el hotel estaba lleno de habitaciones vacías, quién iba a vivir en esos cuchitriles. A la señora le cuesta encontrar un motivo para tomarla conmigo, pero se muere de ganas. A veces encuentra un pretexto. Así, si los primeros meses pagaba mi habitación en dos plazos, al cabo de un tiempo de repente me exigió que pagara el mes por adelantado. Formalmente tenía razón, pero a mí me era más cómodo pagar en dos plazos, los días que recibía mi subsidio. Se lo dije, y ella me contestó: «¿Y para comprarte trajes blancos y beber champán sí que tienes dinero?»
Cuando me aceptó en el hotel pensaba que era judío. Luego, después de observar detenidamente mi crucecita azul con el esmalte desconchado, mi único patrimonio y adorno, comprendió que no era judío. Un tal Marat Bagrov, antiguo empleado de la televisión moscovita y que por aquel entonces aún vivía en el Winslow, me dijo que Ms. Rogoff se le quejaba de que Edik Brutt la había engañado y le había llevado a un ruso. Así, señores, experimenté en mi propio pellejo qué es la discriminación. Creo que, más que el hecho de que no sea judío, lo que no le gusta a Ms. Rogoff es que no parezco infeliz.
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El lujoso Hotel St. Regis-Sheraton, visto desde el Hotel Winslow.
Algunos judíos, y medio judíos, y otros que se hacen pasar por judíos, se han ido del hotel y se han instalado otros en su lugar. Se comportan como los negros en Harlem, viven en comuna, por las noches salen a la calle y se sientan al lado del hotel en los nichos de las ventanas, alguno va dando tragos de un paquetito con bebida y charlan sobre la vida. Si hace frío se reúnen en el vestíbulo, ocupan todos los bancos y entonces el espacio se llena de ruido y jaleo.
Édichka: Un Personaje Singular
Recibo una prestación social. Vivo a vuestra costa, vosotros pagáis impuestos y yo no hago una mierda, voy un par de veces al mes a una oficina espaciosa y limpia en Broadway 1515 y me dan mis cheques. Me considero un canalla, un despojo de la sociedad, no tengo vergüenza ni conciencia porque no me martiriza, no tengo intención de buscar trabajo, quiero recibir vuestro dinero hasta el fin de mis días. Y me llamo Édichka.
Soy poeta, sí, poeta, por si os interesa saber de qué tipo no era un poeta oficial, era clandestino, pero ese poeta se fue por donde vino y ahora soy uno de los vuestros, soy un despojo de esos que alimentáis con schi y emborracháis con vino barato y malo de California, a tres con cincuenta y nueve la botella, y aún así os aborrezco. No a todos, pero sí a muchos. Porque vuestra vida es aburrida, porque os habéis vendido a la esclavitud del trabajo, por vuestros vulgares pantalones de oficinista, porque no hacéis más que ganar dinero y nunca habéis visto mundo.
Me instalé en el hotel por casualidad, en marzo, después de mi tragedia, cuando mi esposa Elena me dejó. Iba yo de calle en calle por Nueva York, extenuado, descalzo y con los pies ensangrentados, pasando la noche cada día en un sitio nuevo, a veces en la calle, cuando al fin fui acogido por el ex disidente y ex mozo de cuadra del hipódromo de Moscú, el primer beneficiario del subsidio social (se enorgullece de haber sido el primer ruso en dar con él), Alioshka Shneerzon «el Salvador», un hombre gordo y desaliñado que me llevó de la mano hasta el centro de los servicios sociales de la calle Treinta y uno sin parar de resoplar y logró que en un día recibiera con carácter de urgencia el subsidio que, pese a todo, me relegaba a los bajos fondos de la vida y me convertía en un ser desdeñable y sin derechos, pero yo me cago en vuestros derechos, por eso no tengo que ganarme el pan ni la habitación y puedo escribir tranquilamente mis versos, que nadie necesita para una mierda ni aquí, en vuestra América, ni allá, en la URSS.
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Un amigo de Shneerzon, Edik Brutt, vivía en el Winslow, y yo también empecé a vivir allí, a tres puertas de él.
El Schi de Édichka
Suelo comer schi mientras el sol me abrasa, soy un gran amante del sol. El schi con col agria es mi sustento habitual, como una cazuela tras otra, cada día, apenas como nada más. La cuchara con la que como el schi es de madera, la traje de Rusia. Está decorada con flores doradas, rojas y negras.
De hecho, no saben que es schi. Ven que una vez cada dos días ese tipo cocina algún plato primitivo que echa humo allí mismo en el balcón, en una olla enorme y con un hornillo eléctrico. En algún momento también zampé pollo, pero después dejé de hacerlo.
Las ventajas del schi son cinco:
- Es muy barato, dos o tres dólares por una cazuela llena, ¡que dura dos días!
- No se agria fuera de la nevera ni siquiera cuando hace mucho calor.
- Es rápido de preparar: hora y media en total.
- Se puede y se debe comer frío.
- No hay mejor comida para el verano porque es agrio.
Sofocado, como desnudo en el balcón, no me cohíben esos desconocidos de las oficinas y sus miradas. A veces incluso cuelgo un pequeño transistor verde a pilas de un clavo hendido en el marco de la ventana, me lo regaló Alioshka Slavkovi, un poeta que se está preparando para ser jesuita. Amenizo la ingesta de alimentos con música, y prefiero la emisora española. No soy vergonzoso.
Mi habitación mide cuatro pasos de largo por tres de ancho. De las paredes cuelgan, por encima de una mancha heredada de los antiguos inquilinos: un gran retrato de Mao Tse Tung, motivo de espanto de todo aquel que pasa por mi casa; un retrato de Patricia Hearst; una fotografía mía con un icono y una pared de ladrillos al fondo, yo con un tomo grueso en las manos, tal vez un diccionario o la Biblia, y una americana formada por ciento catorce trocitos que cosí yo mismo, Limónov, el monstruo del pasado; un retrato de André Bretón, fundador de la escuela surrealista, que llevo conmigo desde hace muchos años, aunque normalmente los que vienen a mi casa no conocen a André Breton; un llamamiento a defender los derechos civiles de los homosexuales; alguna que otra proclama más, además de un cartel que invita a votar por los candidatos del Partido de los Trabajadores; cuadros de mi amigo el pintor Jachaturian y un montón de papelitos. En el cabezal de la cama tengo un cartel que dice: «Por vuestra y nuestra libertad», tomado de una manifestación realizada junto al edificio del New York Times. La decoración de las paredes se completa con dos estanterías de libros, básicamente poesía.
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Problemas Orales Comunes
Las ampollas en la boca son uno de los problemas orales más comunes, y la mayoría de las personas las padece en algún momento de la vida. Suelen ser pequeñas, con menos de un centímetro de diámetro y se forman en el interior de las mejillas, en las encías, debajo y hasta encima de la lengua. Las úlceras pueden ser de color blanco o amarillo al centro con un borde rojo, según la descripción de la Mayo Clinic.
Las aftas bucales suelen ir acompañadas por una sensación general de malestar. Aunque el dolor suele desaparecer por sí mismo en siete a diez días, la úlcera en sí puede tardar tres o más semanas en sanar. Las aftas bucales pueden ser el resultado de estrés emocional, cambios hormonales, un sistema inmunológico debilitado y la enfermedad celiaca.
Sin embargo, cuando una ampolla bucal se infecta, pueden surgir problemas adicionales como inflamación en los ganglios linfáticos, por lo que lo mejor es tratarlas tan pronto como sea posible para evitar que la infección empeore. Mantenga una buena higiene bucal cepillándose los dientes y usando hilo dental todos los días.
La candidiasis oral es causada por una sobrepoblación del hongo de la cándida, que está presente en la boca de forma natural. Esto ocurre cuando las bacterias que protegen los tejidos bucales se ven afectadas ya sea por el uso de antibióticos, por sequedad bucal provocada por medicamentos o por aparatos dentales mal ajustados.
La candidiasis suele desaparecer después de siete a diez días de tratamiento continuo, de acuerdo con la Academia Americana de Patologías Orales y Maxilofaciales (American Academy of Oral and Maxillofacial Pathology, AAOMP). Los médicos suelen recetar tratamientos antimicóticos para la candidiasis, ya sea en forma de pastillas o de enjuagues bucales para los casos leves o tratamientos orales más largos para los casos más graves. Es sabido que con el tiempo los pacientes pueden desarrollar cierta inmunidad contra estos tratamientos, por lo que los médicos los recetan con la debida precaución para los diferentes casos de este hongo.
No olvide mantener una buena higiene bucal diaria, evitar el uso de antibióticos a menos que sean absolutamente necesarios y asegurarse de que su boca permanezca bien hidratada.
Las lesiones en la lengua también pueden resultar en úlceras parecidas a las ampollas de la lengua. El consumo de alimentos crujientes como las papas fritas, por ejemplo, chupar caramelos macizos, morderse la lengua o sorber bebidas demasiado calientes también puede resultar en ampollas, cortes y quemaduras en la lengua. Si usted tiene una lengua sensible y susceptible a las lesiones, evite consumir alimentos que le puedan causar daños.
Nota: La finalidad de este artículo es fomentar la comprensión y el conocimiento de temas generales de salud oral. Su propósito no es sustituir la opinión, el diagnóstico o el tratamiento profesionales.